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Una camagüeyana en Haití

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Qué ironías tiene la vida. El lugar donde la historia registra la primera revolución independentista de América: Haití, es catalogado desde hace mucho como el país más empobrecido del hemisferio occidental, situación completada ahora por el desastre natural sufrido el 12 de enero pasado, un terremoto que ha puesto a prueba a la humanidad internacional la que a tenor de la reconstrucción de esa nación podría responder o no al sagrado significado de la esperanza.

Conocimos pormenores de lo vivido allí, vía Internet, gracias a la gentileza de la licenciada en Enfermería Ismedy Martínez Sánchez de 43 años, al responder nuestro cuestionario, quien laboraba en la Sede Universitaria de Ciencias Médicas del municipio de Vertientes como Metodóloga de Investigación. Ella arribó a Haití hace alrededor de cuatro meses y radica en una comuna de difícil acceso, ubicada al noroeste con costa, llamada Baie de Henne, atendida por la brigada médica cubana radicada en Gonaives por su cercanía.

Ambos entrevistados coinciden con la extrema pobreza encontrada en ese país, bajos niveles adquisitivos, poca producción agrícola y carencia de empleos remunerados, incluso, la Sante como le llaman allí al Sistema de Salud, no garantiza el salario de sus trabajadores.

“Antes del terremoto --nos dice Ismedy— el 80 por ciento de sus habitantes vivía ya en exagerada penuria, indicador que ahora se desconoce. Sólo tres enfermedades eran enfrentadas mediante vacunas; no obstante, la labor de la brigada médica cubana estaba dirigida (desde antes del sismo) a las comunas, por medio de un Equipo Básico de Trabajo, además del funcionamiento de cinco Centros Diagnósticos Integrales (CDI), con la participación de cubanos y haitianos.

“Aquí confluyen una economía cada vez más colapsada y la ampliación de la atención médica. Son varios los hospitales de campaña en los contornos de la capital, y comienzan a arribar a los CDI personas en precarias condiciones procedentes de Puerto Príncipe. Seguido al terremoto hubo que tomar decisiones drásticas como la de amputar ambos miembros inferiores a personas, incluso jóvenes. Lo importante era salvar sus vidas.

“En Gonaives no hubo un solo fallecido por estas causas y fueron atendidos cerca de mil pacientes llegados desde allá, pese a encontrarnos a tres horas y media de la urbe. Aquí trabajamos ininterrumpidamente. Los cirujanos, ortopédicos, anestesiólogos y el resto del equipo quirúrgico, con las enfermeras incluidas, nunca abandonaron el CDI, fundamentalmente durante las primeras 72 horas luego del sismo.

“Aquí se donó sangre cubana para los haitianos, no hubo un paciente sin nuestra atención. Por el hacinamiento tuvimos hasta que colocar a los necesitados en un colchón en el piso. Confieso que vivimos escenas desagradables, pues pasados unos quince días arribaron galenos canadienses, norteamericanos y de los Médicos Sin Fronteras. Acabados de llegar filmaban y se tiraban fotos junto con los pacientes sin chequearlos siquiera y cabe destacar que muchos de los nacionales se negaron al espectáculo.

“Mientras, los cubanos continuamos con nuestro empeño de salvar vidas y aliviar el dolor ajeno. Vecinos contaban a su regreso de Puerto Príncipe, cómo fueron golpeados por el ejército americano y otros enjuiciaban el abasto y distribución de los alimentos”.

Ismedy tiene mucho que contar a sus dos hijos para que sean fieles veladores de nuestro sistema social. Uno de 18 años, ahora en el Servicio Militar, y futuro estudiante de Medicina; el otro de cinco años, aún en el círculo infantil, ambos bajo el cuidado de la abuela materna y otros miembros de la familia.

Autora: Olga Lilia Vilató de Varona

Foto: Cortesía de la entrevistada

Corrección: Oriel Trujillo Prieto

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