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Amor a quienes nos cuidaron y amaron

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Mucho escuchamos acerca de los retos que enfrenta el Estado cubano ante el envejecimiento demográfico del país, el más elevado de América Latina y el Caribe. Si conocemos que el 20.1 % de la población sobrepasa los 60 años de edad, sabemos el desafío es muy cierto, máxime si tenemos presente que para el 2050 los adultos mayores en Cuba constituirán el 38 % de los habitantes y esta se encontrará entre las 11 naciones con indicadores más prominentes en ese sentido en el mundo. Hay preocupación y ocupación, aunque con la necesidad sentida de brindar amparo con maneras en las que prevalezcan las características y situaciones individuales.

En Camagüey, donde este grupo etario conforma el 20,3 % de sus lugareños, o sea, uno de cada cuatro, hay 14 hogares de ancianos, de estos 13 estatales y uno religioso; 27 casas de abuelos, un servicio de Geriatría y cuatro hospitales con camas destinadas a esa atención. En el municipio de Vertientes funciona el segundo del país para aquellos con algún tipo de discapacidad, única localidad con indicadores óptimos, porque pese a que la creación de centros destinados a la atención del adulto mayor es un hecho, las demandas continúan por encima de las capacidades.

Cuando nos referimos a crear condiciones no pueden pasarse por alto las aceras por donde caminamos, mantener las calles iluminadas, facilitar dónde sentarse y protegerse del sol al hacer gestiones obligadas, asegurar el transporte si lo necesitan para dirigirse a un centro asistencial de Salud. Hay que considerar y, en mucho, que a más años más problemas ante las caídas y otras muy propias de esas edades; por lo que estas personas requieren de una atención exquisita en especialidades como la Medicina Interna, la Angiología, la Cardiología, la Neurología y la Ortopedia.

Es incuestionable que los indicadores mencionados al inicio son consecuencias del incremento de la esperanza de vida al nacer, del fortalecimiento de la asistencia médica, y al descenso de la fecundidad y la mortalidad. Pero cabe preguntarse, ¿las familias cubanas se preparan para este fenómeno? ¿En los hogares con personas de más de 60 años o próximos a esa época se toman en cuenta las proyecciones de vida de quienes los tendrán a su cargo?¿Está identificado quién o quiénes son los más facultados para enfrentar el cuidado de sus ancianos más allá del cliché de que por ser mujer le “toca”? ¿Se analiza a quién le sería más fácil dejar de trabajar si su entrada económica es menor que la de otros, sin tener en cuenta el género? ¿Pensamos cómo hacernos cargo del abuelito sin renunciar al trabajo? ¿A la hora de adoptar decisiones tan radicales como emigrar del país se conoce quién acompañará al anciano?

Se sabe que ese ser humano que peina canas ha vivido y si presenta un estado de salud mental adecuado puede ofrecer sus saberes desde el punto de vista laboral y particular, ¿se tienen en cuenta sus experiencias?

Podríamos hacer una disquisición mucho más profunda de interrogantes. También contar anécdotas muy reales de hijos que no se ven obligados a “cargar” con sus padres sencillamente porque la casa le pertenece a otro; algunos, por ser varones llegan, asoman sus cabezas, preguntan cómo están y siguen de largo, y en no pocas ocasiones todo esto se va entretejiendo cual suerte de tela de araña sin pensar en lo más vital: ofrecer amor a las personas mayores.

Esos que un día se desvelaron por la fiebre de sus hijos, que lo sacrificaron todo por ellos, por sus nietos, merecen amor del bueno, ese que es ofrecido a cambio de nada. Si las responsabilidades son repartidas entre todos, fluye de una mejor manera. Sería bueno que cada persona a cargo del cuidado de los ancianos, los adultos mayores, los de la tercera edad, los viejitos, o como se les llame apliquen parte de esos versos de Silvio Rodríguez: “Mi amor es todo cuanto tengo/Si lo niego o lo vendo/¿Para qué respirar?”.

Autora: Olga Lilia Vilató de Varona (Cuqui)

Foto: Álbum familiar

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